“You ugly fucking bitch! No pictures!” – “¡Tú, jodida puta fea! ¡Fotos no!”
Grita una de las prostitutas desde una de las vitrinas de cristal tras vernos sacar el teléfono para fotografiar uno de los lugares más insólitos de Ámsterdam. Lo cierto es que, en este sitio concreto, tomar imágenes está del todo prohibido. Hablamos del Barrio Rojo, el epicentro de la prostitución legal en Países Bajos.
Según paseas por la zona, escuchas golpes que suenan a triste cristal. Cuando miras a la derecha (o a la izquierda, sin distinción), te encuentras con bellísimas mujeres que te reclaman, haciéndote sentir el hombre más deseado. Por supuesto, no era mi caso. Si eres mujer en ese ambiente, eres completamente invisible a los ojos de cualquiera de las trabajadoras sexuales.
El corazón de Ámsterdam está compuesto por enormes ventanas acristaladas con un pequeño espacio en el interior. Allí, las prostitutas se exhiben como si de una caja de muñecas se tratara.
Ellas, con conjuntos lenceros de escándalo, lucen sus cuerpos esculturales frente a la oleada de turistas que frecuentan la zona. En su inmensa mayoría, son hombres, cuyos rostros lascivos se bañan en una potente luz roja que emana de las cabinas. Por parte de ellas, un aura de seducción y deseo, totalmente teatralizado, traspasa los vidrios y cala en los viandantes, que, embobados, se quedan admirando una estampa tan impactante como inaudita.
El barrio tiene sus códigos y procedimientos. La cortina abierta y la luz encendida se corresponde con un mensaje claro: “estoy trabajando y estoy libre”. Por el contrario, si la cortina está cerrada pero la luz encendida, significa que la profesional en cuestión está en activo, pero se encuentra ocupada con un cliente.
Todas las imágenes que en nuestro país estarían censuradas, en esas calles de lujuria y descontrol se exhiben sin pudor alguno sobre enormes carteles que muestran actos sexuales explícitos, promocionando un show en vivo en el que los espectadores presencian una escena de lo más íntima.
El mercado del sexo oferta y demanda sin descanso en las calles más céntricas de esta pequeña ciudad.
El servicio oscila entre los 60€ y los 120€; sin embargo, el precio se negocia con la trabajadora como en un zoco. Lo cierto es que el negocio del sexo es uno de los más antiguos. En el siglo XVI, y tras el crecimiento del comercio, llegaban al puerto de Países Bajos barcos mercantes repletos de marineros sumergidos en la abstinencia sexual de largos meses en alta mar. Al llegar a tierra firme, se regocijaban en los brazos de estas mujeres que ofrecían sus cuerpos como lugar de sosiego.
En la actualidad, se puede ver a jóvenes inexpertos buscando este tipo de turismo, que los neerlandeses rechazan desde el seno de sus calles céntricas. Lo cierto es que un guía experto nos cuenta que existe otro barrio rojo al que solo pueden acceder los nativos holandeses. Sin embargo, se baraja trasladar este mítico barrio a las afueras de la ciudad y sustituir las vitrinas por espacios dedicados a la cultura y el arte.
No obstante, no es ahora una realidad tangente, y a las 2:00 de la madrugada de un sábado cualquiera se puede ver cómo el lugar hace florecer los instintos más básicos del ser humano. Un grupo de chicos de poco más de 20 años espera a la salida de un burdel a uno de sus compañeros, quien está compartiendo cama con una espectacular mujer nórdica que le acompaña a la salida y, abriéndole la cristalera, le despide. Él, sin girarse ni un solo segundo, sale del lugar subiéndose la cremallera del pantalón y riendo frente a sus amigos, quienes le vitorean y aclaman como si la práctica de un sexo completamente vacío fuera un acto heroico.
El Barrio Rojo no deja de ser una plena contradicción en sí mismo frente a los ideales modernos de progreso, en los que quizá no quepa la legalidad de la práctica sexual bajo negocio. Sin embargo, dotarlo de excesivo dramatismo carece de sentido, pues todo ello se fundamenta en una consolidada base de historia, economía, salud y mera conciencia.

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